Una Casa de granadas

Una Casa de granadas

Y, ¡oh, milagro! A través de las vidrieras de colores entró el sol y le inundó de luz, y los rayos del sol tejieron en torno de él una vestidura que era más hermosa que la vestidura que le habían confeccionado para su placer. El cayado floreció, y le nacieron azucenas que eran más blancas que las perlas. Floreció el espino seco, y dio rosas que eran más rojas que rubíes. Más blancas que perlas finas eran las azucenas, y sus tallos eran de plata brillante. Más rojas que rubíes púrpura eran las rosas, y sus hojas eran de oro batido.

Estaba allí con el atavío de rey, y se abrieron de par en par las puertas del sagrario, cubierto de piedras preciosas, y del cristal del viril de la custodia, rematada de múltiples rayos, resplandeció una luz maravillosa y mística. Estaba él allí con el atavío de rey, y la gloria de Dios llenaba el lugar, y los santos en sus nichos tallados parecían moverse. Con el hermoso atavío de rey estaba él ante ellos, y el órgano salmodiaba su música, y los heraldos hicieron sonar sus trompetas, y cantaron los niños del coro.

Y el pueblo cayó de rodillas sobrecogido de temor, y los nobles envainaron las espadas y rindieron homenaje, y el rostro del obispo se tornó pálido, y le temblaron las manos.

—Uno más grande que yo os ha coronado —exclamó.

Y se arrodilló ante él.


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