Una Casa de granadas
Una Casa de granadas —¡Mi reina! ¡Mi reina![2].
Y, a veces, rompiendo el protocolo que gobierna en España todos los actos particulares de la vida y pone lÃmites incluso al sufrimiento de un rey, estrechaba las lÃvidas manos enjoyadas con una agonÃa irreprimida de dolor, e intentaba despertar a fuerza de besos enloquecidos el frÃo rostro maquillado.
Ese dÃa le parecÃa que volvÃa a verla, como la habÃa visto por vez primera en el Castillo de Fontainebleau, cuando sólo contaba él quince años y ella era aún más joven. HabÃan sido formalmente desposados por el nuncio papal en presencia del rey de Francia y de toda la corte, y él habÃa regresado a El Escorial, llevando consigo un pequeño bucle de cabellos dorados y el recuerdo de dos labios infantiles inclinados para besarle la mano cuando montaba él en su carroza. Después habÃa seguido la boda, celebrada apresuradamente en Burgos, una pequeña ciudad situada en la frontera entre los dos paÃses[3], y la gran entrada pública en Madrid con la celebración acostumbrada de una Misa Mayor en la iglesia de Atocha, y un auto de fe más solemne que lo acostumbrado, en el que se habÃa entregado al brazo secular casi trescientos herejes, entre los que se contaba un buen número de ingleses, para que los quemara en la hoguera.