Una Casa de granadas

Una Casa de granadas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Verdaderamente la había amado con locura, para ruina —pensaban muchos— de su país, que estaba entonces en guerra con Inglaterra por el dominio del Nuevo Mundo. Apenas le habían permitido que se apartara un momento de su vista; por ella había olvidado, o parecía haber olvidado, todos los graves asuntos de Estado; y, con la terrible ceguera que la pasión acarrea a sus esclavos, no se había dado cuenta de que las complicadas ceremonias con las que procuraba complacerla no hacían sino agravar el extraño mal que la aquejaba. Cuando ella murió, él estuvo por un tiempo como si hubiera perdido la razón. En verdad, no cabe duda alguna de que hubiera abdicado solemnemente y se hubiera retirado al monasterio trapense de Granada, del que era ya prior titular, si no hubiera temido dejar a la pequeña infanta a merced de su hermano, cuya crueldad era notoria incluso en un país como España, y que muchos sospechaban que había causado la muerte de la reina, por medio de un par de guantes emponzoñados que le había ofrecido como regalo cuando visitó su castillo de Aragón. Incluso después de que expiraron los tres años de luto oficial que había ordenado por edicto real a lo ancho y a lo largo de todos sus dominios, no permitió nunca que sus ministros hablaran de una nueva alianza; y cuando el emperador mismo le envió a su sobrina, la hermosa archiduquesa de Bohemia, y le ofreció su mano en matrimonio, rogó a los embajadores que dijeran a su señor que el rey de España estaba ya desposado con la aflicción, y que aunque era esta una esposa estéril, la amaba más que a la hermosura; una respuesta que costó a su corona las ricas provincias de los Países Bajos, que pocos después, a instigación del emperador, se alzaron contra él bajo el liderazgo de algunos fanáticos de la Iglesia reformada.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker