Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Toda su vida matrimonial, con sus intensas alegrÃas apasionadas y la terrible agonÃa de su final repentino, parecÃa volver a él en este dÃa, mientras contemplaba a la infanta, que jugaba en la terraza. TenÃa toda la bonita petulancia de modales de la reina, el mismo modo voluntarioso de mover la cabeza, la misma bella boca de altivas curvas, la misma sonrisa maravillosa —vrai sourire de France[4], en verdad—, al alzar la mirada de vez en cuando a la ventana, o cuando tendÃa su pequeña mano para que se la besaran los majestuosos hidalgos españoles.
Pero la risa aguda de los niños herÃa los oÃdos del rey y el despiadado sol deslumbrador se mofaba de su dolor, y una fragancia densa de especias extrañas, especias tales como las que usan los embalsamadores, parecÃa viciar —¿o era su imaginación?— el aire limpio de la mañana. Ocultó su rostro entre las manos, y cuando la infanta levantó de nuevo la mirada se habÃan dejado caer los cortinajes, y el rey se habÃa retirado.