Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Ella hizo un pequeño mohín[5] de desencanto, y alzó los hombros. Bien podía haberse quedado con ella el día de su cumpleaños. ¿Qué importaban los estúpidos asuntos de Estado? ¿O había ido a aquella lóbrega capilla en la que ardían siempre cirios y donde nunca se le permitía a ella entrar? ¡Qué tonto era!, ¡cuando brillaba él sol tan resplandeciente, y todo el mundo era tan dichoso! Además, se perdería el simulacro de corrida de toros para la que ya estaba sonando la trompeta, por no decir nada de las marionetas y de las otras cosas maravillosas. Su tío y el Gran Inquisidor eran mucho más sensatos; habían salido a la terraza y le hacían bonitos cumplidos. Así que sacudió su linda cabeza y, tomando a don Pedro de la mano, descendió lentamente las gradas hacia un largo pabellón de seda púrpura que habían levantado al fondo del jardín, siguiendo los demás niños en orden estricto de precedencia, yendo primero los que tenían apellidos más largos.