Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Un cortejo de niños nobles, vestidos fantásticamente de toreros[6], salió a su encuentro, y el joven conde de Tierra-Nueva, un muchacho de unos catorce años, de extraordinaria belleza, descubriéndose con toda la gracia de un hidalgo de cuna y grande de España, la condujo solemnemente a un pequeño sitial decorado en oro y marfil, colocado sobre un alto estrado que dominaba el ruedo. Las niñas se agruparon en derredor suyo, haciendo revolotear sus grandes abanicos y cuchicheando unas con otras, y don Pedro y el Gran Inquisidor se quedaron de pie y riendo a la entrada. Incluso la duquesa —la camarera mayor, como se la llamaba—, una mujer enjuta y de facciones duras, con gorguera amarilla, no se mostraba tan malhumorada como de costumbre, y algo parecido a una fría sonrisa vagaba en su rostro arrugado y contraía sus delgados labios descoloridos.