Una Casa de granadas

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Cruzaron una sonrisa, y entraron con calma, y don Pedro se inclinó y dio un golpecito al enano en la mejilla con su guante bordado.

—Tienes que bailar —dijo—, pequeño monstruo[10]. Tienes que bailar. La infanta de España y de las Indias desea que se la divierta.

Pero el enanito no se movió a pesar de todo.

—Debieran llamar al encargado de los azotes —dijo con talante molesto.

Y se volvió a la terraza.

Pero el chambelán tomó un aire grave, y se arrodilló junto al enanito y le puso la mano sobre el corazón. Y después de unos instantes se encogió de hombros y se levantó, y habiendo hecho una profunda reverencia a la infanta, dijo:

—Mi bella princesa, vuestro divertido enanito nunca volverá a bailar. Es lástima, pues es tan feo que puede que hubiera hecho sonreír al rey.

—¿Pero por qué no volverá a bailar? —preguntó la infanta, riendo.

—Porque se le ha roto el corazón —respondió el chambelán.

Y la infanta frunció el ceño, y sus delicados labios de hoja de rosa se curvaron en un bonito gesto de desdén.

—En el futuro, que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón —exclamó.


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