Una Casa de granadas
Una Casa de granadas —Su baile era divertido —dijo la infanta—; pero su manera de actuar es más divertida aún. Verdaderamente es casi tan bueno como las marionetas, sólo que, desde luego, no es tan natural.
E hizo revolotear su abanico y aplaudió.
Pero el enanito no alzaba nunca la vista, y sus sollozos iban siendo cada vez más débiles y, de pronto, dio una curiosa boqueada y se apretó el costado. Y volvió a caer hacia atrás y se quedó completamente inmóvil.
—¡Eso es magnÃfico! —dijo la infanta, después de una pausa—; pero ahora tienes que bailar para mÃ.
—Sà —gritaron todos los niños—, tienes que levantarte y bailar, pues eres tan hábil como los monos de BerberÃa, y mucho más ridÃculo.
Pero el enanito no se movÃa.
Y la infanta golpeó el suelo con el pie, y llamó a su tÃo, que estaba paseando en la terraza con el chambelán, y leÃa unos despachos que acababan de llegar de México, donde se habÃa establecido recientemente el Santo Oficio.
—Mi divertido enanito está mohÃno —exclamó—, tenéis que despertarle y decirle que baile para mÃ.