Una Casa de granadas

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Cuando la verdad se hizo luz en él, dio un grito salvaje de desesperación y cayó al suelo sollozando. ¡Así que era él el deforme y jorobado, insoportable a la vista y grotesco! Él mismo era el monstruo, y era de él de quien todos los niños se habían estado riendo; y la princesita que él había creído que le amaba, también ella había estado simplemente burlándose de su fealdad y regocijándose por sus miembros torcidos. ¿Por qué no le habían dejado en el bosque donde no había espejos que le dijeran lo repugnante que era? ¿Por qué no le había matado su padre antes que venderle para vergüenza suya? Lágrimas abrasadoras rodaron por sus mejillas, e hizo pedazos la rosa blanca. El monstruo tumbado en el suelo hizo lo mismo y diseminó en el aire los delicados pétalos. Se arrastró por el suelo, y, cuando el enanito lo miró, se le quedó mirando con una cara contraída por el dolor. Se apartó arrastrándose para no verlo, y se cubrió los ojos con las manos. Avanzó a rastras, como una criatura herida, hasta la sombra, y se quedó allí tendido gimiendo.

Y en ese momento entró la propia infanta con sus compañeros por la puerta-ventana abierta, y cuando vieron al feo enanito tendido en el suelo y golpeándolo con los puños cerrados, del modo más fantástico y exagerado, estallaron en alegres carcajadas, y rodeándole se le quedaron mirando.


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