Una Casa de granadas
Una Casa de granadas ¿Qué era aquéllo? Reflexionó un momento y miró en derredor suyo el resto del salón. Era extraño, pero parecía que todo tenía su doble en ese muro invisible de agua clara. Sí, cuadro por cuadro estaba repetido, y sofá por sofá. El fauno dormido que yacía en su hornacina junto al umbral de la puerta tenía su hermano gemelo que dormitaba, y la Venus de plata iluminada por la luz del sol tendía los brazos a una Venus tan hermosa como ella misma.
¿Era el eco? Él le había llamado una vez en el valle, y le había contestado palabra por palabra. ¿Podría hacer burla a los ojos lo mismo que hacía burla a la voz? ¿Podría hacer un mundo de imitación exactamente igual al mundo real? ¿Podría tener color y vida y movimiento la sombra de las cosas? ¿Podría ser que…?
Se sobresaltó, y sacando del pecho la hermosa rosa blanca se dio la vuelta y la besó. ¡El monstruo tenía una rosa suya, igual, pétalo a pétalo! La besaba con besos parecidos y la apretaba contra el corazón con gestos horribles.