Una Casa de granadas
Una Casa de granadas ¡SÃ, sÃ, la infanta! Era un monstruo, el monstruo más grotesco que habÃa visto él en su vida. Sin forma apropiada, como la de las demás personas, sino jorobado y de piernas torcidas, con una enorme cabeza que colgaba y crines de pelo negro. El enanito frunció el ceño, y el monstruo lo frunció también. Se rió, y rió con él, y se puso en jarras exactamente como él lo estaba haciendo. Le hizo una inclinación burlesca, le devolvió una profunda reverencia. Fue hacia él, y vino a su encuentro, copiando cada paso que daba, y parándose cuando se paraba él. Gritó divertido, y echó a correr hacia adelante, y extendió la mano, y la mano del monstruo tocó la suya, y estaba tan frÃa como el hielo. Le entró miedo, e hizo un movimiento con la mano, y la mano del monstruo lo siguió rápidamente. Trató de empujarlo, pero algo liso y duro le detuvo. La cara del monstruo estaba ahora pegada a la suya y parecÃa llena de terror. Se apartó el pelo de los ojos. Le imitó. Lo golpeó, y le devolvió golpe por golpe. Le dio muestras de que lo abominaba, y le hizo a él horribles muecas. Se echó hacia atrás y el monstruo retrocedió.