Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Y a la mañana siguiente temprano, antes de que el sol hubiera recorrido el espacio de la mano de un hombre por encima del collado, el joven pescador fue a casa del sacerdote y llamó tres veces a la puerta.
El novicio miró por el postigo, y, cuando vio quién era, descorrió el pestillo y dijo:
—Entra.
Y entró el joven pescador, y se puso de rodillas en los junquillos del suelo, que exhalaba un suave olor, y dijo a gritos al sacerdote, que estaba leyendo el libro sagrado:
—Padre, estoy enamorado de una que habita en el mar y mi alma me impide realizar mi deseo. Decidme cómo puedo arrojar mi alma lejos de mÃ, pues en verdad no la necesito para nada. ¿Qué valor tiene mi alma para mÃ? No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.
Y el sacerdote se dio golpes de pecho y exclamó: