Una Casa de granadas
Una Casa de granadas —¡Ay, ay! Tú estás loco o has comido alguna hierba venenosa, pues el alma es la parte más noble del hombre, y nos la dio Dios para que la usáramos noblemente. No existe cosa de más precio que un alma humana, y no hay cosa terrena con la que pueda ponerse en la misma balanza. Vale lo que todo el oro que hay en el mundo, y es de más precio que los rubÃes de los reyes. Por tanto, hijo mÃo, no pienses más en este asunto, pues es un pecado que no puede ser perdonado. Y en cuanto a los que habitan en el mar, están condenados, y los que mantienen trato con ellos están perdidos también. Son como las bestias del campo que no distinguen el bien del mal, y por ellos no ha muerto el Señor.
Al joven pescador se le llenaron los ojos de lágrimas al oÃr las amargas palabras del sacerdote, y se puso en pie y le dijo:
—Padre, los faunos viven en el bosque y están alegres, y en las rocas se sientan los tritones con sus arpas de oro de ley. Dejadme que sea como ellos, os lo suplico, pues sus dÃas son como los dÃas de las flores. Y en cuanto a mi alma, ¿de qué me aprovecha, si se interpone entre lo que amo y yo?