Una Casa de granadas

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—El amor del cuerpo es vil —exclamó el sacerdote, frunciendo las cejas—, y viles y perversas son esas cosas que Dios tolera que vaguen por el mundo suyo. ¡Malditos sean los faunos del bosque, y sean malditas las que cantan en el mar! Las he oído de noche y han intentado ser un señuelo que me apartara de mi rosario. Dan quedos golpes a la ventana y ríen. Musitan en mi oído la historia de sus gozos peligrosos. Me inducen con tentaciones y, cuando quiero rezar, me hacen muecas. Están condenadas, te digo, están condenadas. Para ellas no hay cielo ni hay infierno, y en ninguno de los dos alabarán el nombre de Dios.

—Padre —exclamó el joven pescador—, no sabéis lo que decís. Una vez atrapé en mi red a la hija de un rey. Es más hermosa que el lucero del alba, y más blanca que la luna. A cambio de su cuerpo daría mi alma, y por su amor renunciaría al cielo. Decidme lo que os pregunto, y dejad que vaya en paz.

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritó el sacerdote—; tu amada está condenada, y tú te condenarás con ella.

Y sin darle su bendición le condujo fuera de su puerta.

Y el joven pescador bajó a la plaza del mercado, y caminaba lentamente y con la cabeza baja, como quien está abatido por el dolor.


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