Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Y salió de la plaza del mercado y bajó a la playa del mar, y se puso a meditar en lo que debía hacer. Y a mediodía recordó cómo uno de sus compañeros, que recogía hinojo marino, le había hablado de cierta hechicera joven que vivía en una cueva a la entrada de la bahía y era muy ingeniosa en sus hechicerías. Y se encaminó allí echándose a correr, tan ansioso estaba de librarse de su alma; y una nube de polvo le seguía cuando iba presuroso por la arena de la playa. Por el picor de la palma de su mano supo la joven bruja su llegada, y rió y se soltó la roja cabellera. Con su roja cabellera cayendo en torno suyo, estaba en pie a la entrada de la cueva, y en la mano tenía una ramita de cicuta silvestre que estaba floreciendo.