Una Casa de granadas

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Y parece que desde el primer momento de ser reconocido había mostrado signos de esa extraña pasión por la belleza que estaba destinada a tener una influencia tan grande sobre su vida. Los que le acompañaron a las estancias instaladas para su servicio hablaban a menudo del grito de placer que brotó de sus labios cuando vio la ropa delicada y las ricas joyas que le habían sido preparadas, y de la alegría casi feroz con que arrojó a un lado su áspera túnica de cuero y su tosca capa de piel de oveja. A veces echaba en falta, es verdad, la hermosa libertad de su vida en los bosques, y siempre estaba predispuesto a irritarse en las aburridas ceremonias de la corte que ocupaban tanto tiempo cada día, pero el palacio maravilloso —Joyeuse era llamado— del que ahora se encontraba dueño y señor le parecía que era un mundo nuevo recién creado para su deleite, y en cuanto podía escaparse de la mesa del Consejo o de la sala de audiencias descendía corriendo la gran escalinata, con sus leones de bronce sobredorado y sus gradas de brillante pórfido, y vagaba dando vueltas de sala en sala y de corredor en corredor, como si tratara de buscar en la belleza un calmante al dolor, una especie de cura de la enfermedad.





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