Una Casa de granadas
Una Casa de granadas En estos viajes de descubrimiento, como solía llamarlos —y, en verdad, eran para él verdaderos viajes a través de un país de maravillas—, a veces le acompañaban los esbeltos pajes de la corte, de rubios cabellos, con sus capas flotantes y sus alegres cintas revoloteantes; pero más a menudo prefería estar solo, sintiendo con un fino instinto certero, que era casi una adivinación, que los secretos del arte se aprenden mejor en secreto, y que la belleza, lo mismo que la sabiduría, ama al que le rinde culto en solitario.