Una Casa de granadas

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Se quedó ella silenciosa durante unos instantes, y se extendió sobre su rostro un aire de terror. Luego se apartó el cabello de la frente, y sonriendo de un modo extraño le dijo:

—Lo que llamáis los hombres la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino que es el cuerpo del alma. Ponte en pie en la playa de espaldas a la luna y recorta alrededor de tus pies tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y pide a tu alma que te abandone, y lo hará.

El joven pescador tembló. —¿Es verdad eso?— murmuró.

—Es verdad, y preferiría no habértelo dicho —exclamó ella.

Y se abrazó a las rodillas de él llorando.

Él la apartó de sí y la dejó sobre la hierba tupida, y yendo hasta la pendiente de la montaña se puso la navaja en el cinturón y empezó a descender.

Y su alma, que estaba en su interior, le llamaba y le decía:

—¡Ay! He vivido contigo todos estos años, y he sido sierva tuya. No me arrojes de ti ahora, pues ¿qué mal te he hecho?

Y el joven pescador reía.


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