Una Casa de granadas
Una Casa de granadas —¿Qué secreto? —dijo la hechicera, forcejeando con él como un gato salvaje, y mordiéndose los labios salpicados de espuma.
—Ya lo sabes —respondió él.
Sus ojos del color de la hierba verde se enturbiaron por las lágrimas, y dijo al pescador:
—PÃdeme cualquier cosa menos ésa.
Él se rió y la sujetó con más fuerza.
Y cuando vio ella que no podrÃa liberarse, le susurró:
—Con toda seguridad yo soy tan hermosa como las hijas del mar, y tan gentil como las que moran en las aguas azules.
Y le acarició, y puso la cara junto a la suya.
Pero él la apartó frunciendo el ceño, y le dijo:
—Si no cumples la promesa que me hiciste, te mataré por bruja falsa.
Ella se volvió gris como una flor del árbol que unos llaman de Judas y otros del amor[11], y se estremeció.
—Sea —musitó—. Es tu alma y no la mÃa. Haz con ella lo que quieras.
Y sacó de su cinto una navajilla con mango de piel de vÃbora verde, y se la dio.
—¿De qué me servirá esto? —le preguntó él, sorprendido.