Una Casa de granadas
Una Casa de granadas De pronto, aulló un perro en el bosque, y los que bailaban se detuvieron y, yendo de dos en dos, se arrodillaron y besaron las manos del hombre. Según lo hacÃan, una pequeña sonrisa tocaba sus labios orgullosos, a la manera que el ala de un pájaro roza el agua y la hace reÃr. Pero habÃa desdén en aquella sonrisa. No hacÃa más que mirar al joven pescador.
—¡Ven, adorémosle! —susurró la hechicera.
Y le llevó; y a él le entró un gran deseo de hacer lo que ella le pedÃa, y la siguió. Pero cuando estuvo cerca, y sin saber por qué lo hacÃa, hizo sobre su pecho la señal de la cruz, e invocó el nombre santo.
Apenas lo habÃa hecho, cuando chillaron las brujas como halcones y huyeron, y el pálido rostro que habÃa estado observándole se retorció en un espasmo de dolor. El hombre se dio la vuelta hacia un bosquecillo y silbó. Un caballo ligero de raza española corrió a su llamada. Al saltar a la silla se volvió y miró al joven pescador con tristeza.
Y la hechicera de cabello rojo intentó escapar también, pero el pescador la cogió por las muñecas y la sujetó.
—¡Suéltame —gritaba ella—, y deja que me vaya! Pues tú has nombrado lo que no se debe nombrar, y has mostrado la señal que no se puede mirar.
—No —replicó él—, no dejaré que te vayas hasta que no me hayas dicho el secreto.