Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Y parecía que la tierra daba vueltas bajo sus pies, y se le turbó el cerebro, y le sobrecogió un gran terror, como una sensación de algo perverso que le estuviera vigilando; y al fin fue consciente de que bajo la sombra de un peñasco había una figura que no estaba allí antes. Era un hombre vestido con un traje de terciopelo negro, cortado a la moda española. Su rostro era extrañamente pálido, pero tenía los labios como una altiva flor roja. Parecía cansado, y apoyaba la espalda, jugueteando de un modo lánguido con el pomo de su daga. En la hierba, a su lado, había un sombrero con un airón de plumas y un par de guanteletes de montar con puño de encaje dorado, y con un extraño emblema bordado con aljófares. Colgaba de su hombro una capa corta forrada de piel de cebellina, y sus delicadas manos blancas estaban enjoyadas con anillos. Caían sobre sus ojos unos párpados pesados.
El joven pescador se le quedó mirando, como quien está atrapado en un conjuro. Finalmente cruzaron la mirada, y dondequiera que bailara le parecía que los ojos del hombre estaban fijos sobre él. Oyó reír a la hechicera, y la tomó por el talle y giró con ella dando vueltas y más vueltas.