Una Casa de granadas

Una Casa de granadas

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A medianoche llegaron las brujas volando por el aire como murciélagos.

—¡Fiuu! —gritaban, cuando se posaban en el suelo—; ¡hay alguien a quien no conocemos! Y olfateaban alrededor y parloteaban unas con otras y se hacían señas. La última de todas fue la joven hechicera, con sus cabellos rojos ondeando al viento. Llevaba un vestido de tisú de oro con bordado de ojos de pavo real, y tenía en la cabeza un gorrito de terciopelo.

—¿Dónde está, dónde está? —chillaron las brujas cuando la vieron.

Pero ella sólo reía, y corrió al carpe, y tomando al pescador de la mano le sacó a la luz de la luna, y empezó a danzar.

Giraban y giraban dando vueltas y más vueltas, y la joven hechicera saltaba tan alto que podía ver él los tacones escarlata de sus zapatos. Luego llegó, precisamente a través de los bailarines, el ruido del galope de un caballo, pero no se veía caballo alguno, y él sintió miedo.

—¡Más deprisa! —gritó la hechicera.

Y le echó los brazos alrededor del cuello, y él sintió sobre su rostro el cálido aliento de ella.

—¡Más deprisa, más deprisa! —gritaba.


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