Una Casa de granadas

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—Eres la mejor de las brujas —exclamó el joven pescador—, y bailaré contigo esta noche en la cima de la montaña. Preferiría verdaderamente que me hubieras pedido oro o plata. Pero tal y como es tu precio lo tendrás, pues es muy poca cosa.

Y se descubrió ante ella, quitándose la gorra, e inclinó la cabeza en un profundo saludo, y volvió corriendo a la ciudad lleno de gran alegría.

Y la hechicera le contempló mientras se iba, y cuando le hubo perdido de vista entró en su cueva, y sacando un espejo de una caja de madera de cedro tallada, lo puso en alto en un marco, y quemó ante él flor de verbena sobre carbones encendidos, y examinó las volutas del humo. Y después de un rato apretó los puños llena de ira.

—Debiera haber sido mío —musitó—; yo soy tan hermosa como ella.

Y aquel atardecer, cuando salió la luna, subió el joven pescador a la cima de la montaña, y se puso bajo las ramas del carpe. Como un escudo de metal bruñido, el mar redondo yacía a sus pies, y las sombras de las barcas pesqueras se movían en la pequeña bahía. Una lechuza, de amarillos ojos de sulfuro, le llamó por su nombre, pero él no le dio respuesta alguna. Corrió hacia él un perro negro y gruñó. Le golpeó con una vara de sauce, y se fue quejumbroso.


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