Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Luego escudriñó todo en derredor suyo, y escuchó. Un pájaro azul se levantó chillando de su nido e hizo cÃrculos sobre las dunas, y tres aves moteadas hicieron crujir la hierba gris y áspera y se silbaron una a otra. No habÃa otro sonido, salvo el sonido de una ola que desgastaba los lisos guijarros abajo. Asà que extendió ella la mano, y le atrajo cerca de él y puso sus labios secos junto a su oÃdo.
—Esta noche has de venir a la cima de la montaña —cuchicheó—. Hay aquelarre, y él estará allÃ.
El joven pescador se sobresaltó y la miró, y ella le mostró sus dientes blancos al reÃrse.
—¿De quién hablas cuando dices «él»? —preguntó.
—No importa —respondió ella—. Ve esta noche, y ponte bajo las ramas del carpe, y espera mi llegada. Si corre hacia ti un perro negro, golpéale con una vara de sauce, y se irá. Si te habla una lechuza, no le des respuesta alguna. Cuando llene la luna estaré contigo, y danzaremos juntos sobre la hierba.
—¿Pero quieres jurarme que me dirás cómo puedo arrojar mi alma lejos de m� —inquirió él.
Se movió ella, poniéndose a plena luz del sol, y a través de su cabellera roja susurraba el viento.
—Por las pezuñas del macho cabrÃo lo juro —dijo ella como respuesta.