Una Casa de granadas
Una Casa de granadas —Puedo convertir las hojas de otoño en oro —respondió—, y puedo tejer con los pálidos rayos de la luna un tejido, si quiero. Aquél a quien sirvo es más rico que todos los reyes de este mundo y posee los dominios de ellos.
—¿Qué debo darte entonces —exclamó él—, si tu precio no es oro ni plata?
La hechicera le rozó el cabello con su delgada mano blanca.
—Debes danzar conmigo, hermoso muchacho —murmuró.
Y le sonrió mientras le hablaba.
—¿Nada más que eso? —exclamó el joven pescador lleno de asombro, y se puso en pie.
—Nada más que eso —repuso ella, y volvió a sonreÃrle.
—Entonces, a la puesta del sol bailaremos juntos en algún lugar secreto —dijo él—, y después de haber bailado me dirás la cosa que deseo saber.
Ella negó con la cabeza.
—Cuando haya plenilunio, cuando haya plenilunio —musitó.