Una Casa de granadas

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—Mi deseo es tan sólo una cosa muy pequeña —dijo el joven pescador—; sin embargo, el sacerdote se ha enojado conmigo y me ha echado. No es más que una cosa pequeña, y los mercaderes se han burlado de mí y me la han negado. Por tanto, he venido a ti, aunque los hombres te llaman perversa, y sea cual sea el precio lo pagaré.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó la hechicera, acercándose a él.

—Quisiera arrojar mi alma lejos de mí —respondió el joven pescador.

La hechicera se puso pálida y se estremeció, y ocultó el rostro en su manto azul.

—Hermoso muchacho, hermoso muchacho —musitó—, ésa es una cosa terrible de hacer.

Él sacudió sus rizos castaños y se rió.

—Mi alma no es nada para mí —respondió—. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.

—¿Qué me darás si te lo digo? —preguntó la hechicera, bajando a él la mirada de sus bellos ojos.

—Cinco monedas de oro —dijo él—, y mis redes, y la casa de zarzo en que vivo, y la barca pintada en que navego. Dime sólo cómo librarme de mi alma, y te daré todo lo que poseo.

Ella se rió mofándose de él, y le dio un golpecito con la rama de cicuta.


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