Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia Imaginaste que ésa era mi misisón. No lo era. Pero ¿qué iba a hacer? El enfermo no pregunta si la mano que arregla su almohada es pura, ni al moribundo le preocupa si los labios que tocan su frente han conocido el beso del pecado. Era en ti en quien yo pensaba todo el tiempo; les di a ellos el amor que tú no necesitabas; les di un amor que no era suyo... Y tú creíste que yo ocupaba mucho tiempo en estar en la iglesia y en hacer mis deberes religiosos. Pero ¿dónde podía ir? La casa de Dios es la única en que los pecadores son bienvenidos, y tú siempre estabas en mi corazón, Gerald, demasiado dentro de mi corazón. Porque aunque día tras día me he arrodillado en la casa de Dios, nunca me he arrepentido de mi pecado. ¿Cómo podía arrepentirme de mi pecado si tú, mi amor, eres su fruto? Aun ahora que eres duro conmigo no me arre-piento. No.Tú eres para mí más que la inocencia. Prefiero infinitamente ser tu madre que haber sido siempre pura. ¡Oh! ¡Lo prefiero! ¿No ves? ¿No te das cuenta? Es mi deshonor lo que me ha hecho quererte tanto. Es mi desgracia la que me ha unido tanto a ti. Es el precio que he pagado por ti, el precio de mi alma y de mi cuerpo lo que ha hecho que te ame como te amo. ¡Oh! No me pidas que haga esa cosa horrible.
¡Eres el hijo de mi vergüenza; síguelo siendo!