Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia GERALD.––¿Respetarle? ¡Lo desprecio! Es un infame.
HESTER.––Gracias por salvarme anoche de él.
GERALD.––¡Ah! Eso no es nada. MorirÃa por salvarla a usted. ¡Pero no me dice lo que ahora debo hacer!
HESTER.––¿No le he dado las gracias por su ayuda?
GERALD.––Pero ¿qué debo hacer?
HESTER.––Pregúntele a su corazón, no al mÃo. Nunca he tenido una madre que proteger o afligir.
MISTRESS ARBUTHNOT.––Es cruel..., cruel. Déjeme que me vaya.
GERALD.––(Se abalanza hacÃa su madre y se pone de rodillas junto a ella.) Mamá, perdóname. He estado ciego.
MISTRESS ARBUTHNOT.––No me beses las manos; están frÃas. Mi corazón también lo está; algo se ha roto en él.
HESTER.––¡Ah! No diga eso. Los corazones reviven al ser heridos. El placer puede convertir un corazón en piedra, la riqueza puede endurecerlo; pero el dolor... ¡Oh! El dolor no puede romperlo. Además, ¿qué dolor tiene usted ahora? En este momento él la quiere más que nunca, la quiere como antes... ¡Oh! ¡La ha querido a usted siempre! Sea buena con él.