Cuentos completos

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Las hojas más altas del manzano, planas como pececillos contra un manto azul, a casi diez metros del suelo, repiqueteaban en un tono lúgubre y meditabundo. Era el órgano de la iglesia tocando uno de los Himnos Antiguos y Modernos. El sonido salía flotando al aire y una bandada de tordos volando a extrema velocidad lo deshacía. Miranda dormía diez metros más abajo.

Más arriba del manzano y el peral, sesenta metros más arriba del huerto donde Miranda dormía, alguien daba sordos campanazos, pausados, secos, doctrinarios, pues seis pobres mujeres recibían la ceremonia de purificación y el párroco daba gracias al cielo.

Más arriba aún, con un fuerte crujido en la campana dorada de la iglesia, el viento viró de sur a este. Empezó a soplar por encima de todo, del bosque, de la pradera, de las colinas; miles de metros por encima de Miranda que dormía en el huerto. Sopló y sopló, sin mirar, sin pensar, sin toparse con nada que pudiera hacerle frente, hasta que, volviéndose, comenzó a soplar hacia el sur otra vez. Kilómetros más abajo, ocupando un diámetro no mayor que el de una cabeza de alfiler, Miranda se incorporó y dijo a viva voz: «¡Oh, llegaré tarde al té!».


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