Cuentos completos

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Miranda dormía en el huerto, o quizás no estaba dormida, pues sus labios se movían apenas, como si dijeran: «Ce pays est vraiment un des coins du monde… oui le rire des filles… eclate… eclate… eclate». Después sonrió y dejó que su cuerpo se hundiera con todo su peso sobre la tierra infinita, la tierra que se eleva, pensaba, para cargarme en su espalda como si fuera una hoja, o una reina (aquí los niños repetían las tablas de multiplicar). O, seguía pensando Miranda, estoy recostada en la cima de un acantilado y las gaviotas chillan sobre mi cabeza. Cuanto más alto vuelan —pensó mientras la maestra regañaba a los niños y golpeaba a Jimmy en los nudillos hasta hacerlo sangrar—, más profundo miran hacia el mar. Hacia el mar, repitió, y sus dedos se relajaron, y sus labios se cerraron tranquilamente, como si estuviera flotando en el mar. Y después, al oírse el grito del borracho, inhaló profundamente, pues creía escuchar el clamor de la vida misma, saliendo de una lengua áspera, en una boca roja, en el viento, en las campanas, en las hojas onduladas de los repollos.






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