Cuentos completos
Cuentos completos ¡Cómo habría gritado Jack! Citando a Shelley en Piccadilly. «Necesitas una horquilla», habría dicho. Detestaba a las mujeres desaliñadas. «¡Por Dios Clarissa, por Dios!», podía escucharlo en la fiesta en Devonshire House, hablando de la pobre Sylvia Hunt con su collar color ámbar y ese vestido de seda viejo e insulso. Clarissa se irguió, pues estaba hablando en voz alta y ya había llegado a Piccadilly; pasó la casa con las delgadas columnas verdes y los balcones; las ventanas de los clubes llenas de periódicos; la casa de la anciana Lady Burdett-Coutts, de donde solía colgar el loro de porcelana blanco; Devonshire House, sin los leopardos dorados; y Claridge’s, donde Dick le había encargado que dejara una tarjeta para la señora Jepson antes de que se marchara. Los estadounidenses ricos pueden ser encantadores. Allí estaba St Jame’s Palace; como una construcción de ladrillos para niños. Y ahora —había pasado Bond Street— había llegado a la librería Hatchard. El tráfico era incesante; incesante, incesante. Lords, Ascot, Hurlingham, ¿qué era eso? Qué encantadora muchacha, pensó mirando la tapa de un libro de memorias abierto en la vidriera, Sir Joshua tal vez, o Rommey; pícara, inteligente, recatada —como su Elizabeth— la única verdadera clase de mujer. Y ese ridículo libro, Soapy Sponge, que Jim solía citar en el jardín; y los sonetos de Shakespeare. Se los sabía de memoria. Phil y ella habían discutido todo el día sobre «La Dama Oscura», y Dick había dicho esa misma noche en la cena que no lo conocía. ¡De veras se había casado con él por eso! ¡Nunca había leído a Shakespeare! Tiene que haber algún libro barato para comprarle a Milly. ¡Oh sí, «Cranford»! ¿Podía haber algo más encantador que esas vacas con enagua? Si tan sólo las personas tuvieran ahora ese sentido del humor, esa clase de respeto por sí mismas, pensó Clarissa, pues se acordó de las grandes páginas, los finales de las oraciones, los personajes. Cómo uno habla de ellos como si fueran reales. Para los mejores momentos hay que recurrir al pasado, pensó. Del contagio del estúpido mundo… Ya no temas al calor del sol…[2] Y nunca llorará, nunca llorará, repitió, su mirada perdida en la vidriera; pues se le había grabado en la mente, la prueba de la buena poesía; los modernos nunca habían escrito algo que uno quisiera leer sobre la muerte, pensó y dobló en la esquina.