Cuentos completos
Cuentos completos Los autobuses se unían a los autos, los autos a las camionetas, las camionetas a los taxis —aquí había un auto con las puertas abiertas y una jovencita adentro, sola. Despierta hasta las cuatro de la mañana, los pies entumecidos, lo sé, pensó Clarissa, pues la joven se veía demacrada, medio dormida, en un rincón del auto después del baile de la noche anterior. Llegó otro auto, y otro. ¡No, no, no! Clarissa sonrió de buena gana. La señora gorda se había esmerado mucho, pero ¡perlas! ¡Orquídeas! ¡A esta hora de la mañana! ¡No, no, no! El policía, muy eficiente, levantaría la mano llegado el momento. Pasó otro auto. ¡Qué mal se ve! ¿Por qué pintarse los ojos de negro a su edad? Y un muchacho, con una jovencita, a esta hora, cuando el país… El buen policía levantó la mano y Clarissa, reconociendo el movimiento, tomándose su tiempo, cruzó hacia Bond Street. Vio la calle, torcida y angosta, los carteles amarillos; los gruesos cables del telégrafo extendiéndose en lo alto.