Cuentos completos
Cuentos completos Uno podía imaginarse dos luces encendidas en la habitación de Ángela, viendo cuán iluminada ella misma estaba, y su reflejo resplandeciente en el espejo cuadrado. Toda ella estaba perfectamente delineada; tal vez era su alma. Pues el espejo devolvía una imagen estática, blanca y dorada, pantuflas rojas, pelo claro con hebillas azules, y nunca una arruga o sombra que rompiera la suavidad de Ángela y su reflejo en el espejo, como si le agradara ser Ángela. El momento en sí era agradable, la imagen luminosa colgando en el corazón de la noche, el santuario rompiendo con la negrura nocturna. Era de veras extraño tener esa prueba visible de la exactitud de las cosas; ese lirio perfecto flotando en la laguna del Tiempo, sin miedo, como si esto fuera suficiente, ese reflejo. Tal pensamiento reveló al volverse, y el espejo ya no reflejaba nada excepto el marco de la cama, y ella, corriendo de un lado al otro, pataleando y revoloteando, se convirtió en una mujer en su casa. Y cambió otra vez; los labios apretados sobre un libro negro, marcaba con el dedo lo que, seguramente, no podía ser una verdadera comprensión de la ciencia económica. Sólo Ángela Williams estaba en Newnham para poder ganarse la vida el día de mañana, y no podía olvidar, aún en los momentos de apasionada adoración, los cheques que su padre le enviaba desde Swansea; a su madre en el lavadero: vestidos rosas secándose en la soga, señal de que el lirio ya no flota en la laguna, sino que tiene su nombre escrito en una tarjeta como cualquier otro.