Cuentos completos

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A. Williams, se podía leer a la luz de la luna; y a su lado una tal Mary o Eleanor, Mildred, Sarah, Phoebe, sobre tarjetas cuadradas clavadas en la puerta. Nombres, nada más que nombres. La fría luz blanca los arruinaba y encogía hasta que parecía que el único propósito de todos ellos era que obedecieran automáticamente a un llamado para apagar un incendio, reprimir una insurrección o sentarse a dar un examen. Tal es el poder de los nombres escritos en una tarjeta y clavados en una puerta. Tal era el parecido, por las baldosas, los pasillos y las puertas de las habitaciones, con una lechería o un convento, un lugar de reclusión y disciplina, donde los tarros de leche se mantienen puros y frescos y la ropa perfectamente limpia.

En ese momento se escuchó una risa suave detrás de la puerta. Un reloj con sonido afectado marcó la hora, la una, las dos. Si es que el reloj estaba dando una orden, ésta no sería acatada. Incendio, insurrección, examen, todos enterrados por la risa, o apenas ocultos bajo la superficie, pues el sonido parecía borbotear desde las profundidades y barrer con delicadeza las horas, las reglas, la disciplina. Las cartas desparramadas sobre la cama. Sally en el suelo. Helena en la silla. Bertha calentándose en la chimenea. A. Williams entró bostezando.

—Porque es completamente inaceptable y condenable —dijo Helena.


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