Cuentos completos
Cuentos completos Mabel tuvo la primera sospecha seria de que algo no iba bien al quitarse la capa; y la señora Barnet, al alcanzarle el espejo y tomar los cepillos, llamó su atención —un tanto exageradamente tal vez— sobre la ropa en la mesa y todos los artefactos para arreglar el cabello, cuidar el cutis y la ropa, que yacÃan sobre el tocador, confirmando asà la sospecha, de que algo no iba bien, nada bien; y la sospecha aumentaba mientras subÃa las escaleras y se arrebataba sobre Clarissa Dalloway; y después de saludarla, corrió hacia el fondo de la habitación, donde en un rincón oscuro colgaba un espejo, y se miró. ¡No! No estaba bien. Y de inmediato, la tristeza que siempre intentaba ocultar, esa profunda insatisfacción —la sensación de inferioridad que siempre, desde niña, habÃa sentido frente a las otras personas— se fue apoderando de ella, implacable, sin piedad, con una intensidad de la que no podÃa librarse leyendo a Borrow o Scott como lo hacÃa en su casa al despertarse por las noches; porque estos hombres, estas mujeres, todos pensaban: «¿Qué se ha puesto Mabel? ¡Qué mal se ve! ¡Qué espantoso vestido!», pestañeando de prisa y entrecerrando los ojos. La deprimÃa su total incompetencia, su cobardÃa; su sangre frÃa. Y de inmediato, toda la habitación, donde durante horas habÃa planeado con el modisto cómo serÃa, se veÃa sórdida, repulsiva. Y su sala de estar tan fea; y ella misma, que salió de su casa orgullosa, y antes de hacerlo tomó las cartas sobre la mesa del hall y dijo: «¡qué aburrido!» para presumir. Todo eso le parecÃa ahora tan estúpido, tan mediocre. Todo eso se destruyó, voló por los aires en el momento en que entró en la sala de estar de la señora Dalloway.