Cuentos completos

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Aquí, con un movimiento rápido de tijeras, cortó el ramo de la clemátide que cayó al suelo. Al caer éste, seguramente entró algo de luz; seguramente se podía penetrar un poco más en su ser. Su mente, en ese momento, estaba llena de ternura y arrepentimiento… Cortar una rama crecida la entristecía pues estaba viva, y la vida era importante para ella. Sí, y al mismo tiempo la caída de la rama le hacía pensar en cómo podría ser su propia muerte y la futilidad y la evanescencia de las cosas. Y después, atrapando rápidamente este pensamiento con su automático buen sentido, pensó que la vida la había tratado bien; aunque fuera a morir, tan sólo sería recostarse sobre la tierra y descomponerse dulcemente entre las raíces de las violetas. Siguió pensando. Sin hacer de ningún pensamiento algo preciso, pues era una de esas personas reticentes cuyas mentes mantienen los pensamientos enredados en nubes de silencio. Estaba llena de pensamientos. Su mente era como su habitación, en la que las luces avanzaban y retrocedían, venían haciendo piruetas y pisando en puntillas, expandían sus colas, daban picotazos a su paso; y después todo su ser estaba bañado en luz, como la habitación otra vez, con una nube de profundo conocimiento, alguna pena no dicha; y entonces estaba llena de cajones cerrados, repletos de cartas, como sus armarios. Hablar de «abrirla», como si fuera una ostra; utilizar sino las más delicadas y sutiles herramientas con ella resultaba impío y absurdo. Había que imaginarlo. Ahora estaba en el espejo. Te hacía sobresaltar.


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