Cuentos completos

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Este pensamiento resultó un desafío. Isabella no quería que la conocieran, pero ya no podría escapar. Era absurdo, monstruoso. Si ocultaba tanto y sabía tanto, había que forzarla para que se abriera con la primera herramienta que se tuviera a mano: la imaginación. Había que fijar la mente en ella en ese preciso momento. Había que sujetarla y negarse a que siguiera postergándonos con dichos y hechos como los que creaba, con cenas, visitas y conversaciones educadas. Había que ponerse en sus zapatos. Si se tomaba la frase en forma literal era fácil ver los zapatos que llevaba, con los que caminaba en este momento en la parte baja del jardín. Eran angostos y alargados, a la moda; hechos del cuero más suave y flexible. Como todo lo que usaba, eran bellísimos. Y estaría de pie junto al alto seto en el jardín trasero, alzando las tijeras que llevaba atadas a la cintura para cortar alguna flor muerta, o alguna rama crecida. El sol le daría de lleno en el rostro, en los ojos; pero no, en el momento más crítico una nube cubriría el sol y haría que la expresión de sus ojos resultara dudosa (¿era burlona o tierna, alegre o apagada?). Sólo podía verse el contorno indefinido de su fino rostro, algo borroso, mirando al cielo. Pensaba, quizás, que debía comprar una nueva red para las frutillas; que debía enviarle flores a la viuda de Johnson; que era tiempo de ir a visitar a los Hippesleys a su nueva casa. Esas, ciertamente, eran las cosas de las que hablaba durante la cena. Pero uno terminaba aburriéndose de esas conversaciones. Era la profundidad de su ser lo que queríamos atrapar y convertir en palabras, el estado que es a la mente lo que la respiración al cuerpo, lo que uno llama felicidad o infelicidad. Al mencionar esas palabras era evidente, seguramente, que ella debía ser feliz. Era rica, distinguida, tenía muchos amigos, viajaba (compraba alfombras en Turquía y macetas azules en Persia). Avenidas de placer partían hacia un lado y hacia el otro desde donde ella estaba, con las tijeras en alto para cortar las ramas temblorosas, mientras las nubes lentas cubrían su rostro.


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