Cuentos completos

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—¡A almorzar! —gritó al oído de la señorita Rashleigh, que un segundo después estiraba la pierna, tomaba con fuerza el bastón y se ponía de pie también. Las dos ancianas caminaron despacio hasta la mesa y el mayordomo y el lacayo les corrieron la silla, una en una punta de la mesa y otra en la otra. Quitaron las cubiertas de plata. Allí estaba el faisán, desplumado, reluciente. Los muslos pegados a los costados, y a cada lado había pequeños montículos de migas de pan.

La señorita Antonia clavó el cuchillo con firmeza en el pecho del faisán. Cortó dos rebanadas y las dejó sobre el plato. Rápidamente el lacayo tomó el plato y la señora Rashleigh levantó el cuchillo. Por la ventana se escuchaban los disparos en el bosque.

—¿Vienen? —dijo la señora Rashleigh deteniendo el movimiento del tenedor. Las ramas se sacudían en los árboles del Parque. Se metió un bocado de faisán en la boca. Las hojas cayendo golpeaban los cristales de las ventanas; una o dos quedaron pegadas.

—Home Woods ahora —dijo la señorita Antonia—. Hugh falló.


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