Cuentos completos

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Clavó el cuchillo del otro lado de la pechuga. Se sirvió patatas y jugo, coles de Bruselas y salsa alrededor de las rebanadas de faisán. El mayordomo y el lacayo se quedaron allí observando, como los camareros de un banquete. Las dos ancianas comían despacio, en silencio, sin apuro. De a poco limpiaron el ave, hasta que tan sólo huesos quedaron en los platos. El mayordomo alcanzó la licorera a la señorita Antonia y se detuvo un momento con la cabeza inclinada.

—Déjela, Griffiths —dijo la señorita Antonia y tomó los restos del ave y se los arrojó al spaniel bajo la mesa. El mayordomo y el lacayo hicieron una reverencia y salieron.

—Se acercan —dijo la señorita Rashleigh.

Se estaba levantando viento. Un estremecimiento sacudió el aire; las hojas volaban demasiado rápido como para pegarse. Los cristales temblaban.

—Aves salvajes —asentía la señorita Antonia mirando la desbandada.

La señorita Rashleigh llenó su vaso. Los ojos se les volvían brillosos al beber, como piedras preciosas bajo la luz. Los de la señorita Rasleigh eran de un azul grisáceo; los de la señorita Antonia, rojos como el oporto. Y sus encajes y volados parecían estremecerse, como si sus cuerpos estuvieran tibios y lánguidos bajo las plumas mientras bebían.


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