Cuentos completos
Cuentos completos Entonces se abrieron todos los volados de la sombrilla, las plumas del pavo real, el esplendor de la ola, las espadas y lanzas de Agincourt mientras la Duquesa se levantaba de la silla. Y los dos señores, y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron al mostrador y miraron con envidia mientras él la conducía hasta la puerta. Y movió el guante amarillo en sus narices; y ella llevaba su honor (un cheque por veinte mil libras con su firma) bien sujeto en las manos.
—¿Eran auténticas o falsas? —preguntó Oliver al cerrar la puerta de su oficina privada. Allí estaban, diez perlas sobre el papel secante en el escritorio. Las llevó a la ventana. Las miró a la luz con las gafas… ¡Esta era, entonces, la trufa que había desenterrado! ¡Podrida en el centro! ¡Podrida en el corazón!
—¡Oh, perdóname, madre! —suspiró levantando la mano como pidiendo perdón a la anciana del cuadro. Y otra vez era aquel pequeño en el callejón donde vendían perros robados los domingos.
—Es que… —murmuró con las palmas juntas—. Será un fin de semana largo.