Cuentos completos
Cuentos completos A su alrededor, en mesas y sillas, estaban los obsequios de oro: algunos recostados en lana de algodón, otros ramificándose resplandecientes (candeleros, cigarreras, cadenas); cada uno con el sello del orfebre garantizando que era oro sólido, auténtico. Pero su regalo era tan sólo una pequeña caja de similor con agujeros; un viejo arenillero, una reliquia del siglo dieciocho que se utilizaba para salpicar arena sobre la tinta húmeda. Un regalo un tanto absurdo —pensó ahora— en la época del papel secante. Y al entregarlo vio delante de ella la letra redonda de su suegra en su compromiso expresando la esperanza de que «mi hijo te haga feliz». No, no era feliz. En absoluto. Miró a Ernest, con la espalda recta, la nariz de los de las pinturas, una nariz que jamás se arrugaba.