Cuentos completos
Cuentos completos —¡Lappin, Rey Lappin! —susurró, y por un momento la nariz de él pareció arrugarse sola. Pero seguÃa dormido—. Despierta, Lappin, ¡despierta! —exclamó.
Ernest se despertó, y al verla sentada en la cama preguntó:
—¿Qué sucede?
—¡Pensé que mi conejo estaba muerto! —gimió.
Ernest estaba enfadado.
—No hables tonterÃas, Rosalind —dijo, acuéstate y duérmete.
Se dio vuelta. Un momento después estaba completamente dormido y roncaba.
Pero ella no podÃa dormir. Se acurrucó de su lado de la cama, como una liebre en su madriguera. HabÃa apagado la luz pero el resplandor de la calle iluminaba apenas el techo; y los árboles formaban figuras como si hubiera una arboleda de sombras en el techo en la que ella vagaba, se daba vuelta, se enroscaba, para adentro y para afuera, hacia un lado y hacia el otro; acechaba, la acechaban, escuchaba el aullido de los perros y las cornetas, huÃa, escapaba… Hasta que la criada corrió las cortinas y trajo el té de la mañana.