Cuentos completos

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—¿De qué diablos hablas? —preguntó.

—¡Querido Ernest! —dijo ella consternada—. Rey Lappin —agregó frotándose sus patitas frente al fuego.

Pero su nariz no se arrugó. Las manos de ella (eran manos otra vez) sujetaban con firmeza la tela; y sus ojos se abrieron de par en par. Le tomó al menos cinco minutos a Ernest Thorburn convertirse en el Rey Lappin. Y mientras ella esperaba, sentía una carga pesada en el cuello, como si alguien estuviera a punto de estrujarlo. Finalmente se convirtió en el Rey Lappin; su nariz se arrugó; y pasaron la noche vagando por el bosque como de costumbre.

Pero ese día durmió mal. En medio de la noche se despertó con la sensación de que algo extraño le había sucedido. Tenía el cuerpo tieso y frío. Encendió la luz y miró a Ernest a su lado. Estaba profundamente dormido. Roncaba. Pero aunque lo hiciera, su nariz estaba perfectamente inmóvil. Parecía que nunca se hubiera arrugado. ¿Era posible que fuera verdaderamente Ernest y que ella se haya casado con él? Se le vino a la mente la imagen de su suegra en el comedor. Allí estaban, ella y Ernest, ancianos, bajo los grabados, frente al aparador… Era su fiesta por las bodas de oro. No podía soportarlo.


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