Cuentos completos

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—¡Oh Rey Lappin! —exclamó mientras regresaban juntos a la casa en la niebla—, ¡si no hubieras arrugado la nariz en ese preciso instante me habrían atrapado!

—Pero estás a salvo —dijo el Rey Lappin tomando su pata.

—A salvo —respondió.

Y condujeron de vuelta a través del Parque, el Rey y la Reina del pantano, de la niebla, y del páramo con aroma a tojo.

Así pasó el tiempo; un año; dos años. Y una noche de invierno, que casualmente coincidía con el aniversario de la fiesta por las bodas de oro (sólo que la señora Reginald Thorburn había muerto, la casa estaba en alquiler, y sólo había un portero viviendo allí), Ernest llegó de la oficina. Tenían una casa pequeña y bonita; la mitad de una casa arriba de una tienda que vendía monturas en South Kensington, cerca de la estación de Metro. Hacía frío, había niebla afuera, y Rosalind estaba sentada junto al fuego cosiendo.

—¿Qué crees que me pasó hoy? —dijo no bien él se sentó y estiró las piernas para calentarse—. Estaba cruzando el arroyo cuando…

—¿Qué arroyo? —la interrumpió Ernest.

—El arroyo de abajo, donde nuestro bosque choca con el bosque negro —explicó.

Ernest no se inmutó.


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