Cuentos completos

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Al escuchar esa palabra, la palabra mágica, se recompuso. Espiando a través de los crisantemos vio la nariz de Ernest arrugarse. Se fruncía, se movía hacia arriba y hacia abajo. Y en ese momento una misteriosa catástrofe sobrevino a los Thorburn. La mesa dorada se convirtió en un páramo repleto de tojos florecidos; el ruido de las voces se volvió una carcajada de alondra resonando desde el cielo. Era un cielo azul, las nubes pasaban lentamente. Y los Thorburn habían cambiado. Miró a su suegro, un hombre pequeño y escurridizo con bigotes teñidos. Tenía la manía de juntar cosas: sellos, cajas esmaltadas, baratijas de tocador del siglo dieciocho que escondía de su esposa en los cajones de su estudio. Ahora lo vio tal como era: un cazador furtivo, robando con su abrigo repleto de faisanes y perdices para arrojarlos de un saque en la olla de tres patas de su pequeña cabaña llena de humo. Así era verdaderamente su suegro, un cazador furtivo. Y Celia, la hija soltera, siempre husmeando en los secretos de las personas, en las pequeñas cosas que éstas deseaban ocultar. Era una hurona blanca con ojos rojos y la nariz sucia de tierra de tanto olfatear y andar bajo tierra. Colgada sobre los hombros de los hombres en una red y luego arrojada a un agujero. Era una vida lamentable la de Celia, pero ella no tenía la culpa. Después miró a su suegra, a quien apodaban la terrateniente. Con las mejillas rojas, era grosera, una matona; todo eso era mientras daba las gracias de pie. Pero ahora que Rosalind (es decir, Lapinova) la veía, vio detrás de ella la decadencia de la mansión familiar, las paredes descascarándose, y la escuchó, con amargura en la voz, agradeciendo a sus hijos (que la odiaban) por un mundo que había dejado de existir. Se hizo un silencio repentino. Todos tenían el vaso en lo alto; todos bebieron; después se terminó.


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