Cuentos completos

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Finalmente llegó al Museo de Historia Natural; le gustaba ir allí de niña. Pero lo primero que vio al entrar fue una liebre disecada sentada sobre nieve falsa con ojos de vidrio rojos. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Tal vez se sintiera mejor al caer la tarde. Volvió a casa y se sentó junto al fuego, sin encender la luz. Intentó imaginar que estaba sola en el páramo y que había un arroyo, más allá del cual estaba el bosque oscuro. Pero no podía ir más lejos del arroyo. Se sentó en cuclillas en la orilla, sobre el pasto mojado; se acurrucó en la silla, las manos le colgaban, y los ojos frente al fuego le brillaban, como ojos de vidrio. Se escuchó un disparo… Se sobresaltó como si le hubieran dado a ella. Tan sólo era Ernest girando la llave de la puerta. Esperó temblando. Él entró y encendió la luz. Allí estaba: alto, apuesto, frotándose las manos rojas del frío.

—¿Sentada en la oscuridad? —dijo.

—¡Oh, Ernest, Ernest! —exclamó levantándose de la silla.

—¿Qué sucede ahora? —preguntó con brusquedad, calentándose las manos en el fuego.

—Es Lapinova… —balbuceó mirándolo fijamente con sus grandes ojos desencajados—. ¡Se ha ido, Ernest! ¡La he perdido!

Ernest frunció el entrecejo. Apretó los labios con fuerza.


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