Cuentos completos
Cuentos completos Oh, era bello, ese pequeño espacio verde, con las torres de Westminster alrededor, en lo alto; había silencio finalmente, al alejarse del ruido de la sala. Después de todo, tenían eso, la mujer cansada y los niños.
Prickett Ellis encendió la pipa. Eso la sorprendería; la llenó con tabaco barato, a cinco peniques los treinta gramos. Pensó cómo se recostaría en su bote y fumaría. Podía verse, solo, de noche, fumando bajo las estrellas. Pues toda la noche estuvo pensando cómo se vería a los ojos de estas personas. Le dijo a la señorita O’Keefe, encendiendo un fósforo con la suela de la bota, que nada le resultaba particularmente bello allí afuera.
—Tal vez —dijo ella—, no esté interesado en la belleza.
(Le había dicho que no había visto La Tempestad; que no había leído el libro; se veía descuidado, llevaba el bigote largo y una cadena de reloj de plata). No había que pagar un céntimo para disfrutar de eso, creía ella; ir a los museos era gratis, también la National Gallery, o ir al campo. Desde luego, conocía las objeciones: lavar, cocinar, atender a los niños; pero la verdadera razón, lo que todos temían decir, es que la felicidad era algo fácil de adquirir. Puedes conseguirla por nada. La belleza.