Cuentos completos
Cuentos completos Mucho antes de que se lo metiera en la boca, Prickett Ellis, de pie a su lado sin tomar nada, le dijo que hacía quince años que no iba a una fiesta; que su cuñado le había prestado el traje; que no le gustaban esa clase de reuniones; y le habría tranquilizado mucho continuar y decirle a todo el mundo que era un hombre simple, que le agradaban las personas corrientes, y después le habría contado a ella (y se avergonzaría después) sobre los Brunners y el reloj, pero ella dijo:
—¿Ha visto La Tempestad?
Y después (pues no había visto La Tempestad), «¿había leído algún libro?». De nuevo no; y después, dejando el helado, «¿leía poesía?».
Y Prickett Ellis, sintiendo que algo se elevaba en su interior que lo haría degollar a esta mujer, someterla, asesinarla, la hizo sentarse en el jardín vacío, donde nadie los interrumpiría, pues todos estaban arriba. Sólo se escuchaba un murmullo y un tintineo, como si fuera el acompañamiento de una orquesta fantasma a un gato o dos escabulléndose por el jardín; y las hojas agitándose, y las frutas rojas y amarillas balanceándose de un lado al otro como linternas chinas. La conversación parecía una música de baile frenética de dos esqueletos, con un propósito muy real y lleno de sufrimiento.
—¡Qué belleza! —dijo la señorita O’Keefe.