Cuentos completos

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Finalmente apareció Richard Dalloway.

—Quiero presentarte a la señorita O’Keefe —dijo.

Ella lo miró fijo. Una treintañera, un tanto arrogante, y algo tosca en sus movimientos.

La señorita O’Keefe quería un helado o algo para beber. Y la razón que alegó para pedírselo a Pricket Ellis —de una forma que él consideró injustificadamente altanera— fue que esa calurosa tarde había visto a una mujer y dos niños, muy pobres, cansados, contra la reja de una plaza, mirando. ¿Por qué no los dejaban entrar? Se había preguntado, con tristeza, con indignación. No; se reprendió después, como dándose una bofetada. Ni toda la fuerza del mundo puede hacerlo. Así que recogió la pelota de tenis y la arrojó de vuelta. Ni toda la fuerza del mundo puede hacerlo, dijo con rabia, y esa fue la razón por la que le pidió en un tono completamente autoritario al desconocido:

—Tráigame un helado.



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