Cuentos completos

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Estas personas tan elegantes se extrañarían. Puso las gafas en el bolsillo y, allí de pie, sintió que se volvía un ser cada vez más raro. Era una sensación desagradable. No sentía eso (que quería al prójimo, que pagaba tan sólo cinco peniques por treinta gramos de tabaco, y que adoraba la naturaleza) de forma natural y pacífica. Cada uno de esos placeres se había convertido en una protesta. Sentía que esas personas que despreciaba lo hacían ponerse de pie, hablar y justificarse. «Soy un hombre simple», decía. Y se avergonzaba después pero lo decía: «He hecho más por el prójimo en un día que todos ustedes en toda su vida». No podía evitarlo; revivía escena tras escena, como cuando los Brunners le dieron el reloj, seguía recordándose las cosas bonitas que las personas decían acerca de su humanidad, su generosidad, de cómo los había ayudado. Seguía viéndose como el sabio y paciente servidor de la humanidad. Y deseaba poder repetir esos elogios en voz alta. Era desagradable que se guardara para sí su sentido de la generosidad. Era incluso más desagradable no poder compartir con nadie lo que se decía de él. Gracias a Dios, se decía, vuelvo al trabajo mañana; pero, de todos modos, ya no se conformaba simplemente con abrir la puerta y marcharse. Debía quedarse, debía quedarse hasta haberse justificado. ¿Pero cómo hacerlo? En esa habitación llena de personas no conocía a una a quien hablarle.


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